PARTE 1
Alexander permaneció completamente inmóvil.
Durante varios largos segundos, no dijo nada.
La nota temblaba ligeramente entre sus dedos, aunque todo lo demás en él parecía estar perfectamente bajo control. Sus zapatos pulidos permanecían firmemente apoyados sobre la alfombra. Su costoso traje seguía impecable. Su expresión continuaba siendo la de un hombre acostumbrado a negociar acuerdos enormes y enfrentarse a adversarios poderosos sin revelar el menor rastro de miedo.
Pero aquel papel entre sus manos había cambiado algo.
Por primera vez desde que lo conocía, vi a Alexander Blackwood vulnerable.
Volví a mirar la nota.
Protégela de nuestro padre.
Las palabras parecían imposibles.
Demasiado serias.
Demasiado personales.
Casi como una advertencia arrancada de la pesadilla de otra persona.
Alexander dobló cuidadosamente la nota y volvió a guardarla en el maletín.
—¿Quién era ella? —pregunté.
Sus ojos se alzaron lentamente hacia los míos.
—Mi hermana.
Hizo una pausa.
—Isabella.
El nombre provocó una extraña sensación en mi interior.
Nunca lo había oído antes.
Al menos, eso creía.
Y, sin embargo, algo dentro de mí reaccionó.
Era como estar frente a una habitación cerrada con llave y escuchar de repente un movimiento al otro lado.
—Isabella —repetí.
La mandíbula de Alexander se tensó.
—Tenía veintitrés años cuando desapareció. Brillante. Impulsiva. Más amable de lo que cualquier otra persona de nuestra familia sabía ser.
Miró hacia la fotografía.
—Estaba comprometida con un hombre al que nuestro padre despreciaba. Entonces, una mañana, simplemente desapareció.
—¿Qué quieres decir con que desapareció?
—Su apartamento estaba vacío. Su teléfono había sido desconectado. Sus cuentas bancarias permanecían intactas.
—¿Ningún mensaje?
—Nada.
—¿Ninguna despedida?
Alexander negó con la cabeza.
—Mi padre afirmó que había decidido marcharse.
Lo observé atentamente.
—¿Y tú le creíste?
Algo oscuro cruzó su expresión.
—Tenía diecisiete años.
Aquella respuesta me dijo más de lo que una larga explicación jamás podría haber hecho.
Fuera del jet privado, nubes interminables se extendían bajo nosotros como un océano blanco. La tierra había desaparecido por completo.
De repente fui dolorosamente consciente de dónde estaba.
A miles de metros sobre el suelo.
Dentro de un avión privado.
Sentada frente a un multimillonario que acababa de descubrir que yo guardaba un parecido extraordinario con su hermana desaparecida.
—¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? —pregunté.
Alexander no respondió inmediatamente.
En cambio, volvió a sacar la fotografía del maletín.
Después la sostuvo junto a mi rostro.
La azafata que estaba cerca inhaló bruscamente.
No necesitaba un espejo.
La expresión de Alexander me lo dijo todo.
Me parecía a Isabella.
No un poco.
No de la forma casual en que a veces dos desconocidos pueden parecerse.
La mujer de la fotografía parecía una versión mayor de mí.
Los mismos ojos.
La misma forma de la boca.
La misma delicada inclinación de la nariz.
Y la misma pequeña marca de nacimiento.
De repente sentí las manos frías.
—Mi madre murió cuando yo era un bebé —dije.
La mirada de Alexander se volvió más intensa.
—¿Quién te dijo eso?
—Mis expedientes de acogida.
Algo cambió en su rostro.
—¿Cuál era el nombre de tu madre en esos documentos?
Tragué saliva.
—Mara Collins.
Alexander cerró los ojos brevemente.
Cuando volvió a abrirlos, su expresión se había endurecido.
—Ese no era el nombre de mi hermana.
La cabina pareció hacerse más pequeña.
Pensé en los trabajadores sociales que me habían trasladado de un hogar temporal a otro.
En las bolsas de plástico que a veces contenían todo lo que poseía.
En los formularios escolares con espacios en blanco donde debería haber aparecido el historial médico familiar.
En las voces cuidadosas que utilizaban los adultos cada vez que preguntaba de dónde venía.
—No lo entiendo —susurré.
—Yo tampoco —respondió Alexander—. Todavía no.
Aquello debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Porque cuanto más lo observaba, más notaba algo diferente.
También había un parecido entre nosotros.
Era menos evidente que el parecido entre Isabella y yo, pero estaba allí.
Los pómulos.
Los ojos grises.
Pequeños detalles que, de repente, parecían imposibles de ignorar.
Alexander había subido al avión siendo un desconocido.
Ahora parecía inquietantemente familiar.
La azafata dio un paso adelante.
—Señor Blackwood —dijo con cautela—, ¿quiere que contacte con seguridad cuando aterricemos?
Alexander la miró inmediatamente.
—No.
Ella vaciló.
—Señor…
—Nadie hablará de esto.
Su voz permaneció tranquila.
Pero la advertencia que ocultaba era inconfundible.
—Ni los pilotos. Ni el personal de cabina. Ni mi oficina.
La azafata bajó la mirada.
—Entendido.
Miré el maletín.
—¿Por qué alguien me daría esto?
Alexander apoyó los dedos sobre la mesa.
—Eso es exactamente lo que pienso descubrir.
—¿Y por qué ahora?
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Porque mi padre se está muriendo.
Lo miré fijamente.
—¿Tu padre?
—Victor Blackwood.
Contuve el aliento.
Incluso yo conocía aquel nombre.
Casi todo el mundo lo conocía.
Victor Blackwood no era simplemente rico.
El apellido de su familia aparecía en bancos, hoteles, museos, alas de hospitales y edificios universitarios.
Las revistas de negocios lo describían como un visionario.
Los periódicos financieros lo llamaban uno de los inversores privados más influyentes del país.
Había fotografías suyas junto a políticos, filántropos y dignatarios extranjeros.
Representaba un mundo tan lejano al mío que jamás había imaginado estar en la misma habitación con alguien relacionado con él.
—¿Ese Victor Blackwood es tu padre?
Alexander mostró una débil sonrisa sin humor.
—Por desgracia.
Volví a mirar hacia el maletín.
Protégela de nuestro padre.
La advertencia adquiría ahora un significado diferente.
—¿Cuándo se supone que va a morir? —pregunté.
—Pronto, según sus médicos.
Alexander miró por la ventana.
—Aunque mi padre siempre ha tenido una habilidad extraordinaria para sobrevivir a situaciones a las que otras personas no sobreviven.
Había amargura en su voz.
Pero también había algo más.
Miedo.