—Si no vuelves a la mesa antes de que sirvan el postre, esta noche te vas a arrepentir.
PARTE 3
Llamé a Clara.
No respondió.
Después llamé a Tomás.
Su teléfono estaba apagado.
La policía rodeó el salón de bodas, pero los recién casados ya se habían marchado.
Mi madre insistía en que seguramente se habían ido al hotel.
Yo sabía que no.
En la fotografía, Clara no llevaba velo.
Estaba llorando.
Damián amplió la imagen.
En el reflejo de la ventana aparecía un letrero industrial.
Reconocí el lugar.
Era una antigua bodega de Héctor en las afueras de la ciudad.
Los investigadores organizaron el operativo.
Yo quería ir.
—No —dijo Damián—. Ya has estado demasiado cerca de él.
—Mi hermana está allí por mi culpa.
—Está allí por culpa de Héctor.
Antes de que salieran, recordé algo.
Héctor guardaba una segunda llave de la bodega dentro del compartimento oculto de su automóvil.
También existía una entrada por un túnel de mantenimiento que conectaba con una fábrica abandonada.
Damián conocía la zona.
Años atrás había trabajado en la seguridad del parque industrial.
Entraron sin encender luces.
Encontraron a Clara atada a una silla dentro de una oficina.
Tomás estaba con ella.
Pero no era otro rehén.
Sostenía el teléfono con el que habían tomado la fotografía.
Cuando los agentes irrumpieron, intentó destruirlo.
Clara fue liberada.
Héctor ya no estaba allí.
Tomás fue detenido.
Mi hermana llegó al hospital de madrugada.
Me abrazó llorando.
—Yo no sabía nada.
—¿Desde cuándo trabaja Tomás con Héctor?
—Desde antes de conocernos.
Clara explicó que Tomás se había acercado a ella por instrucciones de Héctor.
El matrimonio era parte del plan.
Al unirse a nuestra familia, Tomás obtendría acceso a una propiedad heredada de mi padre.
Debajo de aquel terreno pasaba una ruta ferroviaria privada.
Héctor quería utilizarla para transportar mercancía sin inspecciones.
—La boda no era por amor —susurró Clara.
Le tomé la mano.
—Eso no es culpa tuya.
La fiscal del caso, Irene Salas, revisó el teléfono de Tomás.
Encontró conversaciones con Héctor.
En una, mi esposo escribía:
“Valeria firmará lo que sea. Si pregunta, la hacemos parecer inestable”.
En otra:
“Cuando todo esté a su nombre, nos deshacemos del problema”.
La fiscal me miró.
—Creemos que planeaba acusarla del fraude.
—¿Y después?
Irene guardó silencio.
Finalmente deslizó una fotografía hacia mí.
Mostraba la habitación del sótano de nuestra casa.
Había plásticos en el suelo.
Cuerdas.
Y un frasco de sedantes.
—Señora Montes —dijo—, no creemos que él planeara dejarla con vida.