El reflejo de los olivos: El secreto de la Casa Alatorre

## Capítulo 3: La mujer del otro lado
Mateo intentó retroceder, pero sus piernas no respondían. Era como si el aire alrededor del espejo se hubiera vuelto denso como el agua.
En el reflejo, la mujer comenzó a girar lentamente. Mateo quería cerrar los ojos, pero una fascinación morbosa se lo impedía. Cuando ella completó el giro, el joven ahogó un grito. La mujer no tenía rostro; en su lugar, una superficie lisa de piel pálida lo observaba sin ojos. De repente, de la nada, unas manos esqueléticas y ensangrentadas aparecieron desde el fondo del espejo, golpeando el cristal desde el interior.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
El sonido era real. Vibraba en las paredes de la casa. Mateo recuperó el control de su cuerpo, cayó hacia atrás y vio cómo una grieta perfecta cruzaba el espejo de esquina a esquina. Del interior de la grieta comenzó a brotar un líquido espeso y oscuro que olía a tierra mojada y a azufre.
Aterrado, Mateo corrió hacia la salida principal. Agarró el pomo de la puerta y tiró con todas sus fuerzas. Estaba atascada. Ventanas, puertas, todo parecía haber sido sellado desde el exterior.
—¡Ayuda! —gritó, golpeando la madera, sabiendo que el pueblo más cercano estaba a kilómetros de distancia y que nadie iría a buscarlo.
La luz de la luna entró por el ventanal, proyectando sombras alargadas. Mateo se dio cuenta de que no estaba solo. El diario de su abuelo tenía razón: la casa reclamaba su sangre. Los árboles del exterior parecían moverse por sí mismos, extendiendo sus ramas hacia las ventanas como garras que querían romper los cristales.
Desesperado, regresó al despacho para buscar algo con qué romper la puerta. Al entrar, vio que el diario de su abuelo estaba abierto en la última página, una que no había leído antes. La tinta parecía fresca, como si hubiera sido escrita esa misma noche.
> "Para romper el ciclo, el heredero debe pagar la deuda. La bruja no quiere la casa, quiere el alma que le fue prometida en 1974. Si estás leyendo esto, Mateo, ya estás dentro del reflejo."
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## Capítulo 4: El laberinto de los olivos
El frío se volvió insoportable. Mateo miró sus manos y notó con horror que sus uñas se estaban volviendo grises, y su piel empezaba a palidecer. Al mirarse en un pequeño espejo de mano que había en el escritorio, vio que sus ojos ya no tenían brillo. Estaba desapareciendo del mundo real.
De repente, las ventanas del salón se rompieron simultáneamente con un estruendo ensordecedor. Pero no entró viento, entró tierra. Una marea de tierra negra y raíces de olivo comenzó a inundar la casa, destruyendo los muebles, subiendo por las paredes.
Mateo no tuvo más opción que correr hacia el piso superior, subiendo las escaleras mientras el suelo desaparecía bajo sus pies. Llegó al final del pasillo, donde se encontraba la habitación principal de su abuelo. En el centro del cuarto, flotando en el aire, estaba el espejo de plata, completamente restaurado, sin grietas.
La mujer sin rostro ya no estaba dentro. El espejo ahora mostraba el patio de una casa en Michoacán, México, donde una anciana idéntica a su abuela fallecida lo miraba con profunda tristeza.
—Hijo —dijo una voz que resonó directamente en la cabeza de Mateo—. Tu abuelo hizo un pacto para salvar a tu padre de una enfermedad mortal cuando era niño. Ofreció la primogenitura de la tercera generación. Te ofreció a ti.
—¡No! —gritó Mateo, llorando de frustración y miedo—. ¡Yo no tengo nada que ver con sus maldiciones!
—La sangre no olvida, Mateo. Para salvarte, debes romper el espejo desde el lado correcto. Pero si lo haces, liberarás lo que está atrapado en el olivar. El pueblo entero pagará el precio.
Mateo miró por la ventana rota. Abajo, en el olivar, cientos de luces blancas, como fuegos fatuos, flotaban entre los árboles. Eran las almas de los que habían intentado huir antes que él. Si rompía el espejo, esas almas consumirían el pueblo de Jaén. Si no lo hacía, él se convertiría en una de ellas.
El suelo de la habitación comenzó a ceder. Las raíces de los olivos se enroscaron en sus tobillos, arrastrándolo hacia el abismo de tierra. Mateo miró el espejo, luego un pesado candelabro de bronce que estaba en el suelo. Tenía solo unos segundos para decidir entre su vida o la de cientos de inocentes en un país que apenas conocía.