El reflejo de los olivos: El secreto de la Casa Alatorre

Capítulo 1: Una herencia maldita entre dos mundos
Mateo siempre se consideró un hombre de ciudad. Nacido y criado en la bulliciosa Ciudad de México, su vida transcurría entre el tráfico de la Avenida Reforma, cafés exprés tomados con prisa y hojas de cálculo en su estudio de arquitectura. Sin embargo, una llamada telefónica a las tres de la madrugada cambió su destino para siempre.
Al otro lado de la línea, una voz con un marcado acento andaluz, rígida y protocolaria, le informaba que su abuelo, Don Alfonso Alatorre, había fallecido.
—Señor Alatorre, es necesario que viaje a España —dijo el abogado—. Su abuelo no solo le ha dejado una propiedad en un pequeño pueblo de Jaén, sino también una condición en su testamento. Si no se presenta en un plazo de siete días, la casa y las tierras serán destruidas.
Mateo no entendía nada. Su padre, que había emigrado a México en los años setenta, siempre le había dicho que la familia en España había desaparecido en un trágico incendio. Nunca mencionaron a Don Alfonso. ¿Por qué ocultarle la existencia de un abuelo? ¿Y por qué destruir una propiedad si él no asistía?
Guiado por la curiosidad y un extraño presentimiento que no lo dejaba dormir, Mateo abordó un vuelo nocturno hacia Madrid. Tras horas de carretera en un coche de alquiler, adentrándose en el corazón de Andalucía, el paisaje se transformó en un mar infinito de olivos. El sol de la tarde teñía los campos de un oro viejo, casi místico.
Finalmente, llegó a "El Olivar del Silencio", un pueblo que parecía atrapado en el tiempo. Las calles eran estrechas, de fachadas blancas y balcones de forja. Pero la atmósfera era pesada. Cuando Mateo se detuvo en la plaza central a preguntar por la casa de los Alatorre, el murmullo de los ancianos se detuvo en seco. Una mujer se persignó; un hombre mayor bajó la mirada y se metió en la taberna.
La casa se alzaba en la cima de una colina, rodeada de olivos centenarios cuyos troncos retorcidos parecían gritar de dolor. Era una mansión de piedra del siglo XIX, imponente pero desgastada por el abandono.
Al cruzar el umbral, el aire frío golpeó el rostro de Mateo. El ambiente olía a humedad, a madera vieja y a algo más... un aroma sutil a copal y flores muertas, una mezcla que le recordó extrañamente a las ofrendas del Día de Muertos en México.
En el salón principal, cubierto por sábanas blancas que tapaban los muebles como fantasmas mudos, encontró el primer objeto fuera de lugar: sobre una mesa de roble, un espejo de cuerpo entero con un marco de plata labrada mexicana. No encajaba con el estilo andaluz de la casa. Al acercarse a su reflejo, Mateo sintió un mareo violento. Por una fracción de segundo, juró que el reflejo en el espejo no se movió al mismo tiempo que él.

## Capítulo 2: El diario de la locura
La primera noche en la casa fue una tortura. El viento de Jaén golpeaba las ventanas como si dedos invisibles quisieran entrar. Mateo se instaló en el antiguo despacho de su abuelo. Buscando algo de leer para calmar la ansiedad, descubrió un doble fondo en el cajón del escritorio. Allí había un cuaderno de cuero ajado.
Era el diario de Don Alfonso. Las primeras páginas databan de 1974. Mateo comenzó a leer, atrapado por la caligrafía elegante pero temblorosa de su antepasado.
> "14 de octubre de 1974.
> Hoy llegó el paquete desde Michoacán. Mi hermano menor, que huyó a México tras la guerra, me ha enviado el espejo de la bruja de Pátzcuaro. Dice que tiene el poder de unir lo que la distancia separa. Pero se equivoca. No une lugares, une dimensiones. He visto cosas en el cristal. No son reflejos de este mundo. Ella me mira desde el otro lado. Me pide que la deje salir."
>
Mateo soltó el diario, con el corazón latiéndole a mil por hora. ¿Su abuelo sufría de esquizofrenia? Siguió leyendo, saltando páginas llenas de dibujos de símbolos extraños y rostros distorsionados.
> "3 de noviembre de 1975.
> El pueblo me cree loco. Dicen que por las noches se escuchan lamentos en mi olivar. No entienden que la tierra tiene memoria. Los olivos están alimentándose de la sangre de los que cruzaron el espejo. Mi hijo se ha ido a México hoy. Huye de mí, huye de la casa. Cree que estoy maldito. No sabe que la maldición va en los genes. No importa dónde te escondas, la casa siempre reclama su sangre."
>
Un crujido en el pasillo interrumpió la lectura. Mateo congeló la respiración. El sonido era rítmico: tap, tap, tap. Como el caminar de alguien con un bastón. El sonido se detuvo justo detrás de la puerta del despacho.
Con las manos temblorosas, Mateo se levantó. Abrió la puerta de golpe. No había nadie. Sin embargo, el pasillo estaba inundado por una densa neblina que no tenía sentido lógico estar dentro de una casa. Siguiendo un impulso irracional, caminó hacia el salón del espejo.
El espejo de plata brillaba en la penumbra. Mateo se acercó paso a paso. Cuando estuvo a solo unos centímetros, el horror lo paralizó. El espejo no reflejaba el salón de la casa de Jaén. Reflejaba una habitación idéntica, pero decorada al estilo colonial mexicano, iluminada por docenas de velas amarillas.
Y en el centro del reflejo, de espaldas, había una mujer con un vestido negro tradicional.