PARTE 2
Ramiro explicó que Paredes Materiales y Construcción no había crecido por el talento de Diego, como él presumía en reuniones y entrevistas locales.
Los contratos con Grupo Altavista, Desarrollos del Valle y Consorcio Cobalto fueron aprobados porque Emilia aparecía como garante reputacional y beneficiaria condicionada.
Sus avales habían abierto líneas de crédito que la empresa de los Paredes jamás habría conseguido sola.
—Eso es imposible —murmuró Diego—. Emilia no tenía dinero.
Ramiro guardó silencio.
—Señor, los documentos llevan la firma de representantes de Lozano Capital. Su esposa no era una empleada cualquiera. Usted nunca preguntó quién era realmente.
Antes de que Diego pudiera responder, Paula apareció en el pasillo.
—¿Qué onda contigo? El gerente ya vino 3 veces. Todos están grabando.
Diego regresó al salón con la camisa manchada de vino y el rostro sin color. El gerente esperaba junto a la mesa principal.
—Necesitamos cerrar la cuenta, señor Paredes.
Teresa se levantó indignada.
—Mi hijo es cliente VIP. ¿Acaso creen que no puede pagar?
Paula entregó su tarjeta, pero fue rechazada por fondos insuficientes. Las 2 de Teresa tampoco funcionaron.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿No que eran millonarios?
—Qué oso, güey. Organizaron una fiesta para humillar a la exesposa y ni pueden pagar.
—Seguro todo era pura apariencia.
Los familiares que habían pedido botellas de 18,000 pesos evitaron la mirada de Teresa cuando ella solicitó un préstamo.
Entonces llegaron 3 llamadas consecutivas.
Grupo Altavista cancelaba su contrato.
Desarrollos del Valle exigía el pago anticipado de materiales.
Consorcio Cobalto activaba una cláusula de protección y reclamaba una indemnización.
En menos de 10 minutos, Diego perdió los proyectos que sostenían el 70% de sus ingresos.
Teresa le apretó el brazo.
—Dime que esa mujer no hizo esto.
Diego no respondió. Marcó a Emilia 4 veces. Ella contestó al último intento.
—Hola, Diego.
Su tranquilidad lo hizo estallar.
—¿Qué hiciste con mis cuentas?
—Retiré mis garantías.
—¡Destruiste mi empresa!
—No. Retiré lo que era mío. Si tu negocio se derrumba cuando mi nombre desaparece, entonces nunca fue tan tuyo como decías.
Diego miró a su madre discutiendo con el gerente, a Paula llorando y a varios invitados grabando a escondidas.
—Podemos arreglarlo. Quizá el divorcio fue apresurado.
Emilia soltó una risa cansada.
—No fue apresurado. Llegó 3 años tarde.
—Yo puedo cambiar.
—No me llamaste cuando tu madre me llamó inútil. No me defendiste cuando tu hermana dijo que yo era una parásita.
—No preguntaste cómo me sentía cuando llegabas con perfume de otras mujeres. Me llamas ahora porque no puedes pagar una cena.
Diego cerró los ojos.
—Emilia, por favor.
—Durante 3 años aseguraste que yo no aportaba nada. Hoy solo te permití comprobarlo.
Y colgó.
Mientras el salón se convertía en un espectáculo, Emilia viajaba hacia las oficinas de Lozano Capital, en Paseo de la Reforma.
No lloraba. Ya había llorado cuando Diego empezó a engañarla, cuando Teresa la culpó por no quedar embarazada y cuando Paula la llamó arrimada.
La frase que terminó de romperla no fue “ya no te amo”.
Fue algo peor.
—Eres buena, Emilia, pero no eres útil.
Diego se lo dijo sin levantar la vista, como si una esposa fuera una herramienta reemplazable.
Lo que los Paredes ignoraban era que Emilia era nieta de Joaquín Lozano, fundador de uno de los grupos de inversión más importantes de México.
Tras la muerte de sus padres, heredó acciones y fondos que superaban todo el patrimonio de los Paredes.
Había ocultado su posición porque quería casarse por amor, no por conveniencia.
Al principio, Diego parecía distinto: la esperaba bajo la lluvia y prometía construir una vida juntos.
Después de la boda empezó a presionarla.
—Consígueme una reunión con Altavista.
—Habla con alguien del banco.
—Somos familia, no seas egoísta.
Emilia lo ayudó pensando que el éxito le devolvería al hombre del que se enamoró.
Ocurrió lo contrario.
Cuanto más crecía el negocio, más arrogante se volvía él. Presumía que había levantado la compañía solo, se rodeaba de mujeres y permitía que su familia tratara a Emilia como una carga.
Durante el último año, ella dejó de rescatarlo. Revisó documentos y descubrió facturas infladas, contratos modificados y transferencias a empresas fantasma.
Entregó los expedientes porque proveedores y empleados podían terminar pagando por sus fraudes.
Aun así, le dio una última oportunidad.