VOLVIÓ DE 3 MESES DE VIAJE Y ENCONTRÓ A SU ESPOSA 10 KILOS MÁS DELGADA… LO QUE VIO EN LAS CÁMARAS DE SU CASA LO HIZO ECHAR A TODA SU FAMILIA

PARTE 1

Alejandro Medina volvió a Guadalajara tras 3 meses trabajando en Cancún. En la zona de llegadas casi no reconoció a Natalia, su esposa.

Llevaba una sudadera vieja y el rostro tan delgado que sus pómulos parecían cortarle la piel. Había perdido cerca de 10 kilos.

—¿Qué te pasó? —preguntó él, abrazándola con miedo.

Natalia bajó la mirada.

—He estado ocupada. Se me fue el hambre, nada más.

Alejandro no le creyó, pero esperó hasta llegar a su casa en Zapopan.

Al abrir la puerta encontró a 3 niños tirados en el sofá, envolturas de frituras por el piso y un hombre de unos 45 años viendo televisión con sus pantuflas.

Desde la cocina, su madre gritó:

—¡Natalia! ¿Dónde dejaste la salsa? ¡Te dije que todo debía estar listo antes de que llegaran los invitados!

Su esposa corrió hacia la estufa. Tenía un delantal manchado, ojeras profundas y una quemadura larga en la mano izquierda.

Junto a su padre estaba una mujer desconocida, con uñas rojas y expresión de dueña.

—¿Quiénes son? —preguntó Alejandro.

Su padre, don Ernesto, tomó café con calma.

—Parientes de Michoacán. Se quedarán unos días.

Alejandro sabía que era mentira. Su padre era hijo único y jamás había mencionado a esa familia.

Durante la cena contó 9 personas. Natalia terminó sentada en un banco junto a la puerta de la cocina, con medio plato de arroz y verduras frías.

La mejor carne fue para los niños. El menor mordió una pierna de pollo y la aventó.

—Está fea.

La mujer de uñas rojas frunció el ceño.

—Y la sopa está salada.

Doña Beatriz, madre de Alejandro, golpeó la cuchara contra el plato.

—¿Oíste, Natalia? La próxima vez pon más atención.

Alejandro probó la sopa. No estaba salada. De hecho, casi no tenía sabor.

Tomó su plato, se sentó junto a su esposa y le pasó toda su carne.

—Come.

Natalia lo miró con pánico, como si esperara que él también la regañara. Esa mirada le dolió más que sus huesos marcados.

Esa noche durmió encogida, sujetando la cobija como si alguien fuera a quitársela.

Alejandro salió al estudio.

Él mismo había instalado el sistema de seguridad. Las cámaras guardaban grabaciones durante 180 días.

Abrió el archivo del día en que se fue.

A las 4:58 de la mañana, Natalia apareció preparando arroz.

El tercer día llegaron los supuestos parientes.

Desde entonces se levantaba a las 5:00, cocinaba para 9, lavaba ropa infantil a mano, limpiaba y preparaba agua para bañar a los niños.

Cuando terminaba, ya no quedaba agua caliente.

En el día 15, Natalia recibió una llamada de su madre. Dijo que estaba bien, colgó y escondió el rostro entre una camisa mojada para llorar sin hacer ruido.

Alejandro sintió que el pecho se le cerraba.

Pero lo peor apareció en el día 22.

Su teléfono había llamado a Natalia. Ella corrió a contestar, pero doña Beatriz tomó el celular, rechazó la llamada y se lo guardó.

Luego entró a configuración y desvió todas las llamadas de Alejandro hacia su propio número.

Durante 3 meses, cada vez que él buscó a su esposa, su madre respondió:

—Natalia está descansando. Yo la cuido.

Alejandro apretó los puños y avanzó las grabaciones.

Entonces vio a su padre colocar unos documentos frente a Natalia mientras el hombre de sus pantuflas cerraba la puerta del estudio.

—Firma —ordenó don Ernesto—. Alejandro ya está de acuerdo.

Y cuando la cámara acercó la imagen, Alejandro alcanzó a leer las palabras “poder notarial” y “garantía hipotecaria”.