PARTE 1
—Deja esos platos y tráele más mole a mi mamá. Para eso eres mi esposa.
Eso fue lo primero que escuchó Elena Vargas al entrar en la casa de su hija, en una calle tranquila de Coyoacán. No había tocado el timbre. Valeria le había dado una llave antes de casarse, bromeando que algún día necesitaría que la rescatara de una olla quemada.
Pero aquella tarde de diciembre no olía a comida casera ni a hogar. Olía a grasa fría, cloro barato y miedo escondido.
Valeria estaba frente al fregadero, descalza sobre el piso de loseta, con las mangas empapadas y la ventana abierta. El viento entraba directo a la cocina. Sus dedos estaban morados y tenía una marca oscura alrededor de la muñeca.
En el comedor, bajo una lámpara que Elena había pagado, Andrés y su madre, doña Rebeca, cenaban mole con arroz en la vajilla que Valeria recibió como regalo de boda. Ninguno se levantó para ayudarla.
—Una mujer decente atiende primero a su familia —dijo Rebeca, alzando la copa—. Luego puede pensar en sus comodidades.
Andrés soltó una risita.
—Valeria exagera por todo. Hasta por el frío hace drama.
Valeria bajó la cabeza.
—Sí, Andrés.
A Elena le dolió más ese tono que cualquier grito. Su hija, la misma que de niña defendía hasta a los perros callejeros, hablaba bajito en su propia casa, como si pedir permiso para respirar fuera normal.
Rebeca extendió el plato vacío.
—Lávalo y calienta más tortillas.
Valeria se secó las manos en el delantal. Andrés se levantó, tomó el plato y se lo empujó contra el pecho.
—¿No escuchaste? Muévete.
El plato resbaló y se rompió en el piso.
Valeria se encogió antes de que Andrés hiciera nada más.
Ese movimiento lo explicó todo.
Entonces levantó la vista y vio a su madre.
—¿Mamá?
Intentó sonreír, pero los labios le temblaron. Andrés volteó y su sorpresa se convirtió enseguida en enojo.
—¿Qué hace usted entrando así? Esta es mi casa, no un mercado.
Rebeca se acomodó el collar de perlas.
—Con razón salió tan consentida. Usted la crió creyéndose princesa.
Elena no gritó. No empujó a Andrés. No hizo nada de lo que la rabia le pedía.
Solo miró a Valeria.
—Ponte zapatos y ven conmigo.
Andrés golpeó la mesa.
—Ella no va a ningún lado. Todavía no termina.
Valeria dio un paso, pero él levantó el dedo.
—Ni se te ocurra.
Y Valeria se detuvo.
Elena sacó el celular.
—¿Va a llamar a la policía porque su hijita lavó platos? —se burló Rebeca.
—No.
Marcó un número sin apartar la mirada de Andrés.
—Licenciado Salgado, active el protocolo de la propiedad de Coyoacán. Mande seguridad, notario y la carpeta completa. Ahora.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué carpeta?
Elena guardó el teléfono.
—La del verdadero dueño de esta casa.
Él soltó una carcajada seca.
—Yo soy el dueño.
—No, Andrés. Tú solo tienes permiso para vivir aquí.
Valeria miró a su madre, desconcertada.
—Mamá, ¿de qué estás hablando?
Elena observó al hombre que humillaba a su hija sentado en una mesa ajena, usando cubiertos que no había comprado y sintiéndose intocable.
—En 5 minutos vas a entender por qué nunca debiste ponerle una mano encima.
Entonces Andrés palideció, porque desde la entrada ya se escuchaban varios vehículos detenerse frente a la casa.