Su marido permitió que la dejaran sin agua bajo el sol para quitarle un departamento: “Eso fue antes”, le dijo cuando ella recordó sus promesas de amor

—Firma, Mariana. Firma ahora mismo o te dejamos otro día bajo el sol.

La voz de doña Elvira sonó como un látigo en el patio trasero de la mansión en Las Lomas de Chapultepec. El calor de junio caía sobre la Ciudad de México con una crueldad seca, pesada, casi irrespirable. Mariana tenía las muñecas amarradas al tronco de un viejo árbol de mango, los pies apenas tocando el piso, los labios partidos por la sed y la piel ardiendo como si el sol le estuviera arrancando la vida poco a poco.
Llevaba 3 días así.
De día la dejaban afuera, “para que aprendiera”. De noche la aventaban a una bodega húmeda junto a cajas viejas, productos de limpieza y cucarachas. Le daban agua solo cuando la sirvienta, Lupita, se atrevía a acercarse a escondidas. Todo porque Mariana se había negado a firmar la cesión de un departamento de 50 millones de pesos en Polanco a nombre de Fernanda, la hermana embarazada de su esposo.
Doña Elvira estaba sentada bajo una sombrilla, fresca, con un abanico eléctrico, una copa de agua de jamaica con hielo y el celular apuntando directo al rostro hinchado de Mariana.
—Mírenla bien, amigas —decía, sonriendo hacia la cámara—. Así se educa a una nuera malagradecida. La recogimos como si fuera nadie, le dimos apellido, casa, familia… y ahora se cree dueña de lo que tiene.
En la pantalla del celular aparecían comentarios de su grupo privado de señoras ricas: “Así se hace, Elvira”, “Las nueras de ahora son unas víboras”, “Que firme y deje de hacerse la víctima”.
Mariana no lloraba. Ya no le quedaban lágrimas.
El departamento era suyo desde antes de casarse con Esteban. Lo había comprado con dinero propio, aunque nadie en esa casa sabía de dónde venía realmente. Para ellos, Mariana era una muchacha sin padres, sin apellido importante, una esposa tranquila que había llegado a la familia Ruiz como si les debiera gratitud eterna.
Esteban salió al patio vestido con camisa blanca y pantalón de vestir. Al verla, apretó la mandíbula, pero no se acercó a soltarla.
—Mamá, ya estuvo. Los vecinos pueden escuchar.
—Entonces haz que firme —respondió doña Elvira—. Tu hermana necesita ese departamento. ¿O vas a permitir que esta cualquiera nos vea la cara?
Esteban caminó hacia Mariana con una carpeta en la mano.
—Amor, no hagas esto más difícil.
Mariana levantó la mirada, seca, rota, pero todavía firme.
—¿Amor?
Él sacó una pluma.
—Solo es un trámite. Fernanda está embarazada, su novio la dejó, necesita estabilidad. Tú casi ni usas ese departamento.
—Es mío.
Doña Elvira soltó una carcajada.
—Desde que te casaste, lo tuyo es de esta familia.
Mariana miró a Esteban.
—Tú me dijiste que no querías mi dinero. Que solo querías a Mariana.
Él guardó silencio unos segundos. Luego dijo algo que terminó de romperla.
—Eso fue antes.
Doña Elvira se levantó, furiosa.
—Ya basta de teatro.
Le dio una bofetada tan fuerte que el rostro de Mariana se ladeó y la sangre le apareció en la comisura de la boca.
—Huérfana insolente. Sin mi hijo no serías nadie.
Mariana volvió lentamente la cara hacia ella.
—Durante 3 años pagué la comida de esta casa, las reparaciones, las deudas de Esteban y hasta los contratos que salvaron su empresa. Pero ustedes siguen creyendo que yo vivo de él.
Esteban se puso pálido.
—Cállate, Mariana.
En ese instante, el celular de Mariana, abandonado sobre la mesa del patio, comenzó a sonar. Doña Elvira lo tomó con desprecio y contestó en altavoz.
—¿Quién habla?
Una voz masculina, profunda y helada, respondió:
—Soy Arturo Salazar. ¿Dónde está mi hija?
Doña Elvira se burló.
—¿Tu hija? Esta muchacha es una huérfana. Ni siquiera sabe mentir bien.
—Suéltela ahora mismo.
—Viejo ridículo —escupió ella—. Aquí nadie me da órdenes.
Y colgó.
Después, mirando a Mariana con odio, arrojó el teléfono dentro de una cubeta con agua.
—Para que se te quite lo dramática.
Mariana vio la pantalla apagarse bajo el agua. Doña Elvira creyó que acababa de dejarla sin salida. Esteban creyó que ella estaba completamente sola.
Pero Mariana cerró los ojos y, por primera vez en 3 días, casi sonrió.
Ellos no podían creer lo que estaba a punto de pasar…