Durante 2 días recorrió hoteles, iglesias y florerías mostrando una foto de Mariana. Al tercer día, una vendedora reconoció el rebozo azul.
—Compró flores blancas y veladoras. Preguntó por una capilla cerca del lago.
—¿Cuál?
La mujer lo miró con desconfianza.
—¿Usted es el marido?
Alejandro bajó la cabeza.
—Sí.
—Entonces llegó tarde, joven.
—Lo sé. Pero necesito verla 1 vez.
La mujer señaló el camino rumbo a Tzintzuntzan.
Alejandro encontró el panteón al atardecer, rodeado de bugambilias, pinos y cruces de cantera.
Mariana estaba de espaldas frente a una tumba nueva.
“Teresa Montemayor de la Garza. Madre amada.”
Llevaba el rebozo azul y sostenía flores blancas.
—Sabía que tarde o temprano recordarías este lugar —dijo sin voltearse.
Alejandro se detuvo. Había preparado discursos enteros, pero solo pudo decir:
—Perdóname.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
—No, Alejandro. Llegaste tarde al hospital, al funeral, a tu matrimonio y a conocer a tu propia madre.
Él intentó acercarse.
—Quiero arreglarlo.
Mariana sonrió con tristeza.
—Tú siempre quieres arreglar las cosas después de romperlas. Pero hay cosas que no se reparan; se entierran.
—Renata ocultó las llamadas.
—Pudo hacerlo porque tú le diste el teléfono, la confianza y el lugar que nunca me diste a mí.
Alejandro quedó sin defensa.
—No sé hasta dónde llegó lo de ustedes y ya no me interesa. La traición no empezó en Cancún. Empezó cada vez que cancelaste una comida, mandaste a un chofer en lugar de visitar a tu madre o dijiste que estabas demasiado cansado para escucharme.
—Mamá preguntó por mí, ¿verdad?
Mariana cerró los ojos.
—Hasta el final. En el hospital intentó decir tu nombre. Yo le aseguré que venías en camino.
—Gracias.
—No lo hice por ti. Lo hice para que ella muriera en paz.
El viento movió las flores.
—Firma el divorcio —dijo Mariana.
—Puedo cambiar.
—Tal vez.
Él levantó la cabeza con esperanza.
—Pero no para mí. Te amé tanto que terminé viviendo para tu agenda, tu apellido y tus necesidades. Ya no quiero desaparecer dentro de la vida de nadie.
Mariana sacó un sobre y una pluma.
—No pediré dinero. No porque no tenga derecho, sino porque no quiero que confundas mi libertad con una negociación.
Alejandro miró el documento.
—¿Hay alguien más?
Mariana soltó una risa triste.
—Todavía crees que una mujer solo se va cuando otro hombre la espera. No necesito reemplazarte. Necesito recuperarme.
Él firmó.
Antes de irse, Mariana dejó una caja junto a la tumba.
—Tu mamá guardó esto para ti.
Dentro había un reloj antiguo y una carta:
“Hijo:
El éxito sirve de poco cuando la gente que te ama tiene que pedir cita para verte. Mariana me cuidó como una hija. No la obligues a mendigar el cariño que deberías darle sin que te lo pida.
Tu madre.”
Alejandro se arrodilló frente a la tumba.
Mariana se alejó.
—¿Alguna vez me amaste de verdad? —preguntó él.
Ella respondió sin voltearse:
—Te amé tanto que me olvidé de mí. Por eso tuve que irme.
Meses después, Grupo Montemayor siguió funcionando. Alejandro conservó su fortuna y su oficina, pero perdió el respeto de muchos socios y la confianza de su familia.
Don Ernesto tardó casi 1 año en aceptar verlo. Cuando se encontraron frente a la tumba de Teresa, el anciano dijo:
—Tu madre habría querido que aprendieras.
—Estoy intentando hacerlo.
—Aprender no te devuelve lo perdido.
—Lo sé.
—Entonces quizá apenas estés empezando.
Alejandro dejó de investigar a Mariana. Supo que vivía en Morelia, asesoraba negocios de mujeres y daba talleres a quienes querían volver a trabajar después de matrimonios difíciles.
Casi 2 años después, recibió un sobre sin remitente.
Dentro había una fotografía de la tumba de Teresa cubierta de flores. Al reverso, Mariana escribió:
“Vine a verla hoy. Está en paz.”
No había reproches ni invitación.
Alejandro colocó la foto sobre su escritorio y dejó una nota junto a ella:
“No apagues el teléfono cuando alguien que te ama todavía está llamando.”
Desde entonces, cada vez que su padre llamaba, Alejandro contestaba.
A veces solo preguntaba si ya había comido. A veces hablaban del clima. A veces el silencio era incómodo.
Pero él contestaba.
Porque entendió demasiado tarde que el amor casi nunca se va gritando.
Primero llama.
Luego espera.
Después deja de insistir.
Y cuando finalmente se marcha, ni todo el dinero, ni todo el poder, ni todo el arrepentimiento del mundo pueden hacerlo volver.