SE FUE 3 DÍAS A CANCÚN CON SU SECRETARIA “POR TRABAJO”… AL VOLVER, SU MADRE ESTABA MUERTA Y SU ESPOSA HABÍA DESAPARECIDO
PARTE 2
Alejandro llegó a la empresa antes de las 7:00. Entró a su oficina, cerró las persianas y pidió a sistemas un reporte de los dispositivos conectados durante el viaje.
A las 8:15, Renata apareció con 2 cafés.
—Te traje el de siempre. Sé que estás pasando por algo terrible.
Alejandro no tocó el vaso.
—¿Por qué rechazaste las llamadas de Mariana?
Renata se quedó quieta.
Él giró la computadora. Ahí estaban las horas, los números y el acceso realizado desde el celular de ella.
—23 llamadas de mi esposa, 4 del hospital y 7 de mi papá. Desde tu teléfono se desviaron 6 intentos.
Renata palideció.
—Solo quería que descansaras. Estabas harto de que todos te exigieran cosas.
—Mi madre se estaba muriendo.
—No sabía que era tan grave.
—Viste “Hospital Zambrano Hellion” en la pantalla.
Renata bajó la mirada. Ese gesto fue una confesión.
—Dijiste que eran notificaciones.
—Porque si contestabas, el viaje terminaba. Y ese viaje era importante para nosotros.
—¿Para nosotros?
Renata dejó los cafés sobre el escritorio.
—No actúes como si yo hubiera inventado todo. Tú me invitaste, pediste habitaciones comunicadas, apagaste el teléfono y dijiste que con Mariana ya no sentías nada.
Alejandro apretó la mandíbula. No podía negar que había abierto la puerta. Renata había manipulado las llamadas, pero él había preferido creerle porque le convenía.
—Estás despedida.
La dulzura desapareció del rostro de Renata.
—No puedes correrme y hacerme cargar con toda la culpa.
—No eres la única culpable. Pero ocultaste llamadas de emergencia.
—Lo hice porque te amo.
—Lo hiciste porque querías ocupar el lugar de Mariana.
Renata soltó una risa amarga.
—¿Crees que ella volverá cuando me eches? Mariana llevaba meses preparando su salida.
Sacó de su bolso una memoria USB.
—Encontré esto en la impresora de tu casa. Estados de cuenta, documentos personales y correos con una abogada. El funeral solo le dio el empujón.
—¿Por qué lo copiaste?
—Para protegerte.
—¿O para asegurarte de que yo quedara libre?
Alejandro llamó a seguridad. Mientras se la llevaban, Renata gritó:
—¡Mariana no te dejó por mí! ¡Te dejó porque llevaba años cansada de ti!
En menos de 24 horas, toda la empresa conocía la historia: el empresario que apagó su teléfono mientras su madre moría y dejó a su esposa sola frente a un ataúd.
Alejandro buscó a Mariana mediante abogados, aerolíneas y conocidos. No encontró vuelos, cargos ni reservaciones. Era como si hubiera desaparecido.
Una semana después llamó Verónica Salgado, abogada de Mariana.
—Mi clienta solicita la disolución inmediata. No pide pensión, propiedades ni acciones.
—Quiero verla.
—Ella no quiere verlo.
—Soy su esposo.
—Legalmente, todavía. En la práctica dejó de serlo cuando su madre murió preguntando por usted.
Alejandro cerró los ojos.
—No sabía que estaba tan enferma.
—Llevaba 8 meses con problemas cardíacos. Mariana la acompañó a 14 consultas, recogió medicamentos y aprendió primeros auxilios. Usted asistió a 1 cita.
—Mariana nunca me explicó la gravedad.
—Se lo dijo muchas veces. Usted respondía “luego veo” o enviaba dinero. Confundió pagar con estar presente.
—Dígame dónde está. Le pagaré lo que quiera.
La abogada guardó silencio.
—Ese es su problema, señor Montemayor. Cree que todo tiene precio. Mariana no se fue para que usted la persiguiera. Se fue porque ya no queda nada en usted que ella quiera recuperar.
Esa noche, Alejandro regresó a la casa vacía. Mariana no se había llevado joyas ni bolsas caras. Solo faltaban su ropa sencilla, sus libros, una caja con fotografías y el rebozo azul que le regaló su suegra.
En el buró encontró un cuaderno:
“Citas de doña Teresa.”
Página tras página, Mariana había anotado dosis, síntomas, recetas y recomendaciones.
“Doña Teresa preguntó si Alejandro vendrá a cenar el domingo. Le dije que sí para que no se pusiera triste.”
“Dolor en el pecho a las 18:40. Alejandro prometió llamar después. No llamó.”
Y al final:
“Doña Teresa me dijo: ‘Mija, si algún día te cansas, no te quedes por obligación. Una mujer buena también merece que la cuiden.’”
Alejandro cayó sentado en el suelo.
Por primera vez lloró sin cuidar su imagen. Lloró como un hijo que había llegado tarde y como un esposo que por fin comprendía que la paciencia también se acaba.
Entre las páginas encontró una fotografía de su madre frente a la Basílica de Guadalupe. Detrás había escrito:
“Quiero que mis cenizas descansen donde pueda escuchar campanas y ver montañas.”
Alejandro recordó que Teresa soñaba con volver a Pátzcuaro, Michoacán, donde había pasado su luna de miel con don Ernesto.
Esa madrugada voló a Morelia.