PARTE 1
Durante 3 días y 3 noches, Alejandro Montemayor, dueño de una poderosa constructora de Monterrey, se encerró en un hotel de lujo en Cancún con Renata, su joven secretaria, bajo el pretexto de revisar un proyecto turístico.
Hubo juntas, sí. Pero también cenas frente al mar, copas hasta la madrugada y silencios demasiado íntimos para llamarlos profesionales.
Alejandro apagó su celular desde la primera noche.
—Necesito desconectarme de todos —dijo.
Renata sonrió mientras ponía el teléfono de él boca abajo.
—Por fin estás pensando en ti.
Cuando regresó a Monterrey, todavía llevaba la maleta en la mano y el aroma del perfume de Renata en la camisa. Apenas cruzó la recepción de Grupo Montemayor, su asistente, Óscar, se levantó de golpe.
Tenía los ojos rojos.
—Licenciado… tiene que ser fuerte.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Óscar tragó saliva.
—Su mamá murió el martes. La señora Mariana organizó el velorio y el funeral sola. Después se fue.
La sonrisa de Alejandro desapareció.
—No digas tonterías. Mi mamá estaba estable.
—Fue un infarto. La encontraron con el teléfono en la mano. Estaba intentando llamarlo.
Alejandro sintió un zumbido en los oídos.
Recordó la segunda noche en Cancún. La pantalla de su celular se había encendido varias veces sobre el buró. Renata la tomó antes que él.
—Puras notificaciones, nada urgente —aseguró.
Y Alejandro, encantado con la idea de que el mundo podía esperar, no revisó nada.
Corrió a su oficina y marcó a Mariana, su esposa.
1 vez.
5 veces.
12 veces.
El mismo mensaje respondió siempre: el número estaba apagado.
Manejando como un loco, llegó a la residencia de San Pedro Garza García. La casa estaba oscura. Mariana siempre dejaba una lámpara encendida en el recibidor porque decía que una casa sin luz parecía una casa sin alma.
Esa noche no había luz.
Ni olor a café de olla.
Ni música suave.
Ni alguien esperando.
Sobre la mesa encontró un acta de defunción, varios recibos del funeral y una demanda de divorcio ya firmada.
En el apartado de bienes, Mariana había escrito:
“Renuncio voluntariamente a todo. No quiero dinero, propiedades ni acciones. Solo quiero recuperar mi vida.”
Junto a los documentos había una nota.
“Alejandro:
Enterré a tu madre.
Le sostuve la mano cuando preguntó por ti.
Le mentí diciéndole que ya venías en camino, para que pudiera irse tranquila.
Me llevé sus cenizas al lugar donde ella quería descansar.
No me busques.
Mariana.”
El teléfono de Alejandro sonó.
Era su padre.
—¿Todavía recuerdas que tienes familia, desgraciado? —rugió don Ernesto—. Tu madre murió llamándote mientras tú andabas de vacaciones con tu secretaria.
—Era un viaje de trabajo.
—¡No insultes mi inteligencia! Mariana llamó al hospital, avisó a la familia, pagó el velatorio y cargó sola con el ataúd. Tú estabas jugando a ser soltero.
Alejandro intentó hablar, pero su padre lo cortó.
—Esa mujer cuidó a tu madre mejor que tú. Y si todavía te queda vergüenza, firma el divorcio y déjala en paz.
La llamada terminó.
Entonces Alejandro abrió el registro de llamadas que su equipo técnico recuperó de la nube.
Había 23 llamadas perdidas de Mariana.
7 de su padre.
4 del hospital.
Y 6 llamadas desviadas desde el celular de Renata.
Alejandro levantó la vista, helado.
Renata no solo había visto las llamadas.
Alguien las había rechazado una por una.
Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…