Llegó Cansado y Encontró a su Esposa de 8 Meses Lavando la Suciedad de su Familia

PARTE 1

A las 22:15, Emiliano abrió la puerta del departamento en Iztapalapa con la espalda molida, los ojos rojos y las manos todavía marcadas por las cajas del almacén.

Había trabajado 12 horas en un centro de distribución cerca de Vallejo, cargando mercancía, revisando facturas, aguantando regaños del supervisor y tragándose 2 horas de tráfico en el Metro.

Lo único que quería era bañarse, cenar algo caliente y acostarse junto a Mariana.

Mariana, su esposa, tenía 8 meses de embarazo.

Cada noche, cuando él llegaba, ponía la mano sobre su panza y esperaba sentir al bebé moverse. Ese pequeño golpe bajo la piel era lo único que le recordaba que tanto sacrificio valía la pena.

Pero apenas entró, el olor lo golpeó.

Pizza fría.

Refresco derramado.

Grasa.

Salsa seca en la mesa.

La sala parecía cantina después de una fiesta barata. Cajas de cartón abiertas, vasos de plástico tirados, servilletas en el piso y platos sucios sobre el sillón.

En la televisión sonaba una novela a todo volumen.

Doña Teresa, la madre de Emiliano, estaba acostada en el sofá principal con una cobija encima, comiendo papitas como si estuviera en hotel todo incluido.

Sus 3 hijas, Brenda, Karla y Lupita, ocupaban el resto de la sala.

Brenda se tomaba selfies con un celular nuevo que Emiliano había terminado pagando en mensualidades.

Karla reía viendo videos en TikTok.

Lupita reclamaba porque la pizza no traía suficiente queso.

Ninguna levantó un plato.

Ninguna parecía sentir vergüenza.

Y todo eso salía del bolsillo de Emiliano: la renta, la luz, el internet, los medicamentos de su mamá, las colegiaturas atrasadas de sus hermanas y hasta los antojos de media noche.

Él dejó la mochila en el suelo.