Con un movimiento rápido y preciso atrapó el brazo de su rival.
Aprovechó el impulso de Vanessa y giró su cuerpo con una técnica impecable.
Un instante después, la mujer más temida de la prisión estaba suspendida en el aire.
Un murmullo de asombro recorrió el comedor.
Al segundo siguiente, Vanessa cayó pesadamente de espaldas contra el suelo, provocando un estruendo que hizo temblar toda la sala.
La joven permaneció de pie junto a ella.
Ni siquiera parecía haber hecho esfuerzo alguno.
Respiraba con absoluta normalidad.
Su rostro no mostraba odio.
Tampoco miedo.
Solo una calma desconcertante.
Vanessa intentó levantarse para volver al ataque.
Pero apenas unos segundos después terminó otra vez en el suelo.
En ese momento todas comprendieron la verdad.
Aquella mujer no era una simple reclusa capaz de defenderse.
Era alguien con entrenamiento profesional.
Finalmente, Vanessa dejó de luchar por ponerse en pie.
Respirando con dificultad, levantó la vista hacia la desconocida como si la estuviera viendo por primera vez.
—¿Quién… quién eres? —preguntó con voz entrecortada.
La joven la observó desde arriba sin alterar su expresión.
—Alguien con quien jamás debiste enfrentarte.
En ese preciso instante, toda la prisión entendió que acababa de llegar una nueva interna.
Y, por primera vez en muchos años, el miedo había cambiado de dueño.