La llegada de una nueva interna a la prisión de mujeres despertó la curiosidad de casi todas.
Desde el primer momento llamaba la atención. Sus brazos, el cuello e incluso parte del pecho estaban cubiertos de tatuajes. Apenas hablaba con nadie, evitaba cruzar miradas y prefería permanecer aislada.
En la cárcel los rumores corrían rápido, sobre todo cuando aparecía una cara nueva. Sin embargo, aquella mujer no daba pie a ningún comentario. Cumplía las órdenes de los guardias sin protestar y jamás se metía en los asuntos de las demás.
Aun así, existía una regla que toda recién llegada aprendía muy pronto.
Había una presa a la que todas temían.
Su nombre era Vanessa.
Cuando aparecía, el ambiente cambiaba al instante. Muchas bajaban la cabeza y procuraban apartarse de su camino.
Era una mujer imponente: casi dos metros de altura, complexión enorme y una fuerza fuera de lo común. Se decía que un solo golpe suyo bastaba para dejar inconsciente a cualquiera.
Con el paso de los años había convertido la vida de muchas reclusas en un auténtico infierno.
Algunas lavaban su ropa.
Otras limpiaban su celda.
Muchas le entregaban parte de su comida.
Y no faltaban quienes hacían los trabajos más desagradables solo por miedo a decirle que no.
Quien se atrevía a desafiarla terminaba pagando un precio muy alto.
Vanessa disfrutaba humillando a las demás delante de toda la prisión y nunca perdía la oportunidad de recordar quién mandaba allí.
Por eso casi nadie se atrevía a llevarle la contraria.
Durante varios días la nueva interna pasó completamente desapercibida para ella.
Pero todo cambió a la hora del almuerzo.
El comedor estaba casi lleno. Las reclusas ocupaban las largas mesas metálicas mientras conversaban en voz baja.
La recién llegada comía sola, sentada en un rincón, con absoluta tranquilidad.
Fue entonces cuando Vanessa reparó en ella.
La observó durante unos segundos desde el otro extremo del comedor. Después sonrió con arrogancia y caminó lentamente hacia su mesa.
Las conversaciones comenzaron a apagarse.
Muchas ya sabían lo que iba a suceder.
Algunas incluso dejaron de comer.
Cuando Vanessa elegía una nueva víctima, nadie esperaba un final feliz.
Al llegar frente a la mesa, dirigió la vista a la bandeja de la muchacha.
—Oye… dame tu comida.
La joven levantó la mirada con total serenidad.
—Es mi almuerzo. Si tienes hambre, busca el tuyo.
Las internas más cercanas intercambiaron miradas de incredulidad.
Jamás habían escuchado a alguien responderle así a Vanessa.
Pero la desconocida seguía completamente tranquila.
Vanessa entrecerró los ojos.
—Todavía tengo hambre. Entrégamela. Sobrevivirás un día sin comer.
—No.
La respuesta fue firme y serena.
Sin miedo.
Como si delante de ella no estuviera la mujer más peligrosa de toda la prisión.
Durante unos instantes el comedor quedó en un silencio absoluto.
Muchas comprendieron que aquello terminaría muy mal.
El rostro de Vanessa cambió por completo.
Estaba acostumbrada a que todos obedecieran con una sola orden.
Nunca había recibido una negativa tan directa.
Al segundo siguiente agarró la bandeja de metal y la arrancó de un tirón.
El arroz, la carne y las verduras salieron despedidos y quedaron esparcidos por el suelo.
Un murmullo recorrió todo el comedor.
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