PARTE 2
Miguel llamó de inmediato.
Elena contestó con una voz tan débil que cada palabra parecía costarle trabajo.
Le pidió que fuera al hospital sin escoltas, sin abogados y, sobre todo, sin avisarle a su madre, doña Teresa Herrera.
Aquella petición encendió todas las alarmas.
Doña Teresa era la presidenta honoraria del grupo familiar, una mujer elegante, implacable y obsesionada con proteger el apellido Herrera. Desde que su esposo murió, 12 años atrás, controlaba la historia oficial de la familia como si fuera otro negocio.
Miguel llegó al Hospital General 40 minutos después.
Sofía dormía acurrucada en una silla, con los tenis nuevos puestos. Elena, de 37 años, tenía el rostro consumido por una insuficiencia cardiaca avanzada.
Aun así, cuando vio a Miguel, sonrió.
—Te pareces demasiado a él.
Miguel no preguntó a quién se refería. Ya lo sabía.
Elena sacó de una bolsa una caja de galletas vieja. Dentro había cartas, fotografías, recibos y una pulsera de hospital fechada en 1989.
Su madre, Rosa Cruz, había trabajado como asistente en una empresa del padre de Miguel. Ambos tuvieron una relación durante casi 3 años.
Cuando Rosa quedó embarazada, él prometió reconocer a la niña.
Pero antes del nacimiento, doña Teresa descubrió todo.
Según las cartas, Teresa ofreció dinero para que Rosa desapareciera. Como ella se negó, la acusó falsamente de robo, logró que la despidieran y amenazó con mandar a prisión a su hermano.
El padre de Miguel buscó a Rosa durante meses.
Nunca la encontró porque Teresa interceptaba sus cartas y pagó para que cambiaran los registros de domicilio.
—Mi mamá pensó que tu papá nos había abandonado —explicó Elena—. Murió creyéndolo.
Miguel sintió que el piso se movía.
El hombre al que había admirado toda su vida no había sido un cobarde. Y la mujer que lo había educado había destruido a otra familia para conservar una apariencia.
—¿Por qué esperaste hasta ahora?
Elena miró a Sofía.
—Porque me estoy muriendo y ella no tiene a nadie.
El padre de Sofía había fallecido 2 años antes en un accidente de motocicleta. Rosa murió después. No quedaban abuelos, tíos ni una red que pudiera cuidar a la niña.
Elena no quería una fortuna.
Quería que Miguel se hiciera una prueba de ADN y, si la verdad se confirmaba, aceptara ser el tutor de Sofía.
—No te estoy pidiendo que la ames de golpe —dijo—. Solo que no la mandes a un albergue.
Miguel observó a la pequeña dormida, abrazando su mochila remendada.
Por primera vez entendió que los 850 pesos nunca habían sido el verdadero motivo del encuentro.
—Haré la prueba —respondió—. Y pase lo que pase, Sofía no se quedará sola.
A la mañana siguiente, Miguel confrontó a doña Teresa en la casa familiar de Lomas de Chapultepec.
Puso las cartas sobre la mesa.
La mujer no negó nada.
Primero dijo que Rosa había querido destruir su matrimonio. Después afirmó que todo lo había hecho para proteger a Miguel.
—Tú eras un niño. Tu padre iba a abandonar todo por esa mujer.
—¿Y por eso condenaste a una niña a crecer sin padre?
—Esa niña no era mi problema.
Miguel apretó los puños.
—Esa niña puede ser mi hermana.
Teresa golpeó la mesa.
—No seas ingenuo. Seguro buscan dinero. Así empieza esa gente.
Miguel sintió una vergüenza profunda.
Elena estaba conectada a una máquina, preocupada por el futuro de su hija, y su madre seguía hablando de clases sociales como si la pobreza fuera una enfermedad contagiosa.
—Elena no pidió dinero.
—Todavía.
Doña Teresa hizo una llamada frente a él.
Ordenó al abogado familiar investigar a Elena, revisar sus deudas y detener cualquier trámite de tutela.
Miguel le arrebató el teléfono.
—Si vuelves a acercarte a ellas, renuncias hoy mismo al consejo.
Teresa lo miró con una mezcla de furia y miedo.
—Sin mí, no serías nadie.
—Tal vez. Pero contigo me estaba convirtiendo en alguien que ya no quiero ser.
La prueba de ADN tardaría 5 días.
Durante ese tiempo, Miguel visitó el hospital todas las tardes.
Sofía le enseñó sus cuadernos, le contó que quería ser veterinaria y le pidió ayuda con una maqueta del sistema solar.
Él, que podía negociar adquisiciones internacionales sin titubear, tardó 1 hora en pegar correctamente los anillos de Saturno.
La niña se rio.
—Eres medio malo para esto, tío Miguel.
La palabra “tío” salió de manera espontánea.
Elena cerró los ojos para ocultar las lágrimas.
Pero la salud de Elena empeoró esa misma noche.
Los médicos explicaron que necesitaba un trasplante urgente. Miguel movió contactos, habló con especialistas privados y ofreció cubrir todos los gastos.
Elena se molestó.
—No conviertas esto en una compra.
—No estoy comprando nada. Estoy intentando salvar a mi hermana.
—Todavía no sabes si lo soy.
—Ya no me importa el papel.
Elena lo miró largamente.
Luego confesó un secreto más.
Rosa sí había recibido una última carta del padre de Miguel, pocos meses antes de morir.
En ella decía que había descubierto la manipulación de Teresa y que había creado un fideicomiso para Elena. Sin embargo, el documento nunca llegó a ejecutarse.
La carta mencionaba al notario Federico Salas.
Miguel lo localizó esa misma tarde.
El notario, ya jubilado, confirmó que el padre de Miguel había dejado instrucciones para transferir 18% de sus acciones personales a Elena si se comprobaba la paternidad.
Pero tras su muerte, doña Teresa presentó una renuncia firmada supuestamente por Rosa.
Federico conservaba una copia.
La firma era falsa.