Ofelia le arrebató la foto con las manos temblando. Era la misma que Efraín le había tomado en la feria, 2 meses antes de que su mundo se fuera a la mierda. 2 meses antes de que en el hospital le dijeran que su bebé había nacido muerto y le entregaran 1 cajita sellada.
“¿Quién carajos eres?”, le gritó, sintiendo que el corazón le iba a reventar la garganta. Arturo se pasó las manos por la cara, destrozado. “Te reconocí por los aretes… cuando te los quitaste anoche”, murmuró.
Ofelia se quedó paralizada. Los aretes de oro viejo con la piedra verde. Los mismos que llevaba puestos la noche del parto y que desaparecieron en el hospital.
Arturo sacó 1 cartera vieja de su saco. De ahí sacó otra foto y la aventó a la cama. Era 1 bebé recién nacido, envuelto en 1 cobija azul. Prendidos a la tela, con cinta adhesiva, estaban sus aretes.
“Yo tenía 22 años cuando me entregaron a ese niño en brazos”, sollozó Arturo, llorando con un dolor que venía desde las entrañas. “¿Qué bebé?”, balbuceó ella. “El tuyo, Ofelia”.
El cuarto de hotel dio 1 vuelco. Ofelia se bajó de la cama, descalza, casi escupiendo las palabras. “¡Estás pendejo! ¡Mi hijo se murió!”. Arturo la miró a los ojos: “No, Ofelia. Soy el hombre que recibió al niño que te robaron”.
A Ofelia le dieron ganas de vomitar. El cabrón con el que se acababa de acostar había sido cómplice de la peor tragedia de su vida. Arturo le explicó rápido, antes de que ella lo matara a golpes. Su madre era enfermera en ese hospital.
Una madrugada, la enfermera llegó a casa con el bebé envuelto en la cobija y le dijo a Arturo que no hiciera preguntas. 1 familia de mucha lana y poder en Puebla había pagado un dineral para desaparecerlo. La madre de Arturo crio al niño 2 años, hasta que unos escoltas fueron a quitárselo por la fuerza.
“Llevo 6 meses buscándote”, confesó Arturo, sacando 1 servilleta con el nombre de Ofelia y la dirección del salón de baile. “Hace 1 semana se murió mi madre. En su lecho de muerte me confesó todo. Me dijo que la mujer que pagó por desaparecer a tu hijo sigue viva y que tú te sientas con ella a rezar cada domingo”.
Las paredes querían aplastar a Ofelia. “¿Quién?”, exigió saber. Arturo bajó la cabeza y soltó 1 nombre que cayó como 1 bloque de cemento: “Doña Consuelo Rivas”.
La pinche suegra. La madre de Efraín. La anciana santurrona que durante 40 años le tomó la mano en misa diciéndole: “Resignación, Ofelita, son pruebas de mi padre Dios”.
Ofelia se vistió a lo loco. Se puso la blusa al revés y los zapatos a medias. Parecía 1 leona a la que le acababan de quitar las cadenas. “Llévame con esa perra”, ordenó.
Manejaron hasta la iglesia de San José en silencio. Era domingo. Puebla ya estaba despierta, oliendo a tamales y humo de combis. Llegaron justo cuando las señoras de sociedad entraban con sus rebozos finos.
Ahí estaba Doña Consuelo, a sus 90 años, parada como 1 reina, apoyada en 1 bastón de plata. A su lado iba Marcela, la hija de Ofelia. Ofelia se bajó del carro hecha 1 furia, con el labial corrido y la mirada asesina.
Marcela la vio y se asustó. “¡Mamá! ¿Qué te pasó? ¿Vienes borracha?”. Ofelia ni la peló. Se plantó frente a su suegra. Consuelo la miró y, con su colmillo retorcido, supo de inmediato que el teatrito se había caído.
“Hija, estás pálida”, dijo la vieja cínica con voz de ángel. Ofelia le soltó 1 cachetada tan fuerte que el sonido hizo eco en todo el atrio. Las señoras pegaron 1 grito. Marcela agarró a su madre: “¡Estás loca, qué chingaderas haces!”.
“¿Dónde está mi hijo, maldita asesina?”, rugió Ofelia. Consuelo no derramó 1 lágrima. Se acomodó el cabello y escupió su veneno: “No hagas escándalos de vecindad en la casa de Dios”. Ofelia se le acercó a milímetros: “Dios no vive en la misma casa que usted”.
Consuelo levantó la barbilla. “Ese niño no era de Efraín. Llegaste a mi casa embarazada de 1 muerto de hambre. Yo protegí el apellido. Te salvé el matrimonio”. Marcela soltó a su abuela, en shock. “¿De qué carajos hablan? ¿Mi papá sabía?”.
El silencio de Consuelo fue la respuesta. Efraín lo sabía. Efraín, el esposo perfecto, había firmado los papeles para regalar a su propio hijastro a cambio de mantener limpia su imagen en la alta sociedad poblana.
Ofelia sintió que se moría por segunda vez. Efraín la había visto llorar mares de lágrimas abrazando 1 cajita vacía y nunca le dijo nada. “Lo vendimos”, sentenció Consuelo, fría como el hielo. “A 1 familia de Atlixco que sí le iba a dar un futuro”.
Marcela, llorando de rabia, sacó las llaves de la casona de su abuela. “Vamos a tu casa en este instante. Me vas a dar los papeles o te hundo yo misma”. Fueron a la casa vieja del centro. Marcela destrozó la cerradura de 1 baúl de madera de la abuela.
Adentro, entre rosarios y actas falsas, encontraron la verdad. El niño fue vendido a la familia Armenta Castañeda. Arturo leyó el papel. “Le pusieron Daniel. Daniel Armenta Castañeda”.
Había 1 foto de 1 niño de 2 añitos con pantaloncito azul y el pelo negro. Ofelia cayó de rodillas al piso de mosaico, abrazando el papel viejo. Lloró por la leche que se le secó, por los 40 cumpleaños que no le cantó las mañanitas, por haber creído 37 años en 1 esposo cobarde.
Esa misma tarde, Consuelo fue denunciada. Por su dinero y edad, no pisó 1 celda normal de inmediato, pero la sacaron de su mansión en silla de ruedas, escoltada por policías y rodeada del chisme de toda la colonia que antes le besaba la mano.
Tardaron 1 semana en contactar a Daniel. Arturo fue el intermediario, porque caerle a 1 hombre de 52 años con 40 años de mentiras de un putazo era demasiado. Daniel era médico, viudo y vivía en Cholula. Tenía 1 hija universitaria.
Se citaron en 1 cafetería llena de bugambilias. Ofelia llegó temblando, acompañada de Marcela. Cuando Ofelia vio al hombre alto, de bata blanca y pelo canoso, se le doblaron las piernas. Tenía sus mismos ojos.
Se acercaron. Ninguno sabía qué decir. “Me pusieron Daniel, pero el señor me dijo que usted me quería llamar Rafael”, dijo él con la voz cortada. Ofelia rompió en llanto. “Yo te decía mi cielo”.
El doctor de 52 años se derrumbó y lloró como 1 niño perdido. Se abrazaron fuerte, sanando en 1 instante 4 décadas de un vacío que les desgarró el alma. Él le contó que sus padres adoptivos siempre fueron fríos y que, antes de morir, su padre le dejó 1 caja fuerte que nunca tuvo valor de abrir.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente